domingo, 17 de abril de 2011

LA MUERTE TENÍA UN PRECIO (Per qualche dollaro in più/ For a Few Dollars More, de SERGIO LEONE, LA MECÁNICA DE UN CLÁSICO


Ayer sábado me dieron las tantas de la madrugada viendo por enésima vez La muerte tenía un precio, dirigida por Sergio Leone en 1965, y como suele suceder, me tropecé con una cuantas explicaciones esenciales sobre el mecanismo con el que funciona la película, que durante años fue la más taquillera del cine “español”, considerando como “español” la coproducción con Italia.

El primer paso de Leone, que como siempre construye sus historias con un protagonismo compartid por tres o cuatro personajes (en este caso el Coronel Mortimer interpretado por Lee Van Cleef, el Manco encarnado por Clint Eastwood, y el Indio al que dio vida Gian María Volonté), es presentarnos a esos tres protagonistas principales de su historia acudiendo a su habitual juego con los primeros planos sobre los rostros. El primer plano se configura así como la herramienta básica sobre la que Leone construye la tensión de sus fábulas, su estructura narrativa esencial, y sobre todo la identificación del público con todos los personajes, porque, mal que nos pese, en los western de Leone no hay buenos ni malos… solo malos, muy malos o peores. Todos sus personajes son mala gente y a nosotros nos corresponde elegir de qué lado estamos, si bien es cierto que Leone siempre consigue complicarnos esa tarea porque sus villanos, al contrario de lo habitual, no son de opereta ni poco creíbles, sino que incluso se ganan cierta empatía del público, que casi llega a comprenderlos, especialmente porque quienes se oponen a estos antagonistas son también antagonistas ellos mismos, más que protagonistas.

Leone establece la conexión entre los personajes principales con un solo plano. El cartel del Indio, la mano con la muñequera del Manco, el rostro de Eastwood tras hacer hincapié visual en los 10.000 dólares que ofrecen por la captura. Queda claro pues que el nexo de unión entre ambos es el dinero de la recompensa. El Manco solo quiere cobrar la recompensa. No persigue otra cosa.

Sin embargo el asunto es distinto con la conexión entre el Coronel Mortimer y el Indio que se establece inmediatamente después, también con el cartel del Indio como epicentro de la secuencia. De la recompensa y el aviso “vivo o muerto” pasamos al rostro de Van Cleef, con un montaje que va acompañado del sonido de disparos y se acelera señalando la obsesión del cazarrecompensas por el Indio: hay algo más entre ambos que el dinero que ofrecen por el forajido, y el flashback lo aclara.

Pero además, una de las cosas que mejor hacía Leone era llenar sus películas de personajes secundarios con vida propia más allá de su función como satélites en la historia de los protagonistas principales. No tenemos que hacer un gran esfuerzo de imaginación para percibir que cada uno de los rostros secundarios que aparecen en la película, desde la patrona del hotel en el que se aloja el Manco hasta el niño mejicano que le lleva la información, y sobre todo en el caso de cada uno de los miembros de la banda de el Indio, estamos ante historias que no se cuentan, que solo se insinúan con una pincelada, pero de las que se podría contar mucho más. Son los flecos que va dejando la trama principal al paso de sus acontecimientos, y eso llena de vitalidad el entorno por el que se mueven los tres protagonistas.

El ejemplo más claro de esto lo encontramos en la escena del primer duelo del Indio con el chivato, en el que Leone, nuevamente jugando con los primeros planos de los rostros, nos “presenta” a los miembros de la banda. Después llega el primer momento simbólico de la fábula, cuando nos damos cuenta de que los forajidos se esconden en una iglesia abandonada, en ruinas, y el Indio se sube al púlpito para contar cómo descubrió las claves del asalto que planea contra el banco de El Paso… como si estuviera dando una homilía criminal a sus hombres.

El segundo momento simbólico de la película llega precedido por la aparición del curioso personaje de El Profeta, un viejo con funciones cómicas en el relato que vive junto a la vía por la que pasa el tren de forma estruendosa y llenando de humo la más que humilde choza en la que habita.

Dentro de la choza se ha vuelto loco por el ruido del tren y el terremoto constante del progreso que convulsiona su existencia, pero aún sirve para establecer el nexo de unión entre el Manco y el Coronel Mortimer, que se salda con la asociación de ambos tras una escena de duelo en la calle, por la noche, a tiros con los sombreros, que contemplamos a través de los ojos de los tres niños escondidos. La mirada de esos niños es la nuestra. Los niños ven a los dos cazarrecompensas como en un duelo de gigantes míticos… y cuando uno de ellos anuncia: “Me estoy meando”, el otro le contesta “Pues te aguantas”. Es un guiño al espectador con el que Leone parece pedir al público que tenga paciencia, que le deje progresar en su historia, que llegará a algún sitio y finalmente tomará un camino más claro y directo.

Y así ocurre. Tras el encuentro del Manco y el Coronel Mortimer, la trama progresa de manera algo más convencional, pero continúa haciendo gala de otra de las características que marcaron no solo el cine de Leone sino en general todas las obras del eurowestern, el western mediterráneo o como ustedes lo quieran llamar: la capacidad para sorprender al espectador con su facilidad para mezclar elementos de distintos géneros en una misma trama. Sin ir más lejos, en esta película encontramos dos fugas de la cárcel, varios duelos y tiroteos, atracos al banco, e intriga, sobre todo intriga. Hay de hecho más intriga que acción en el relato. Sin ir más lejos, la llegada de la banda del Indio a El Paso mientras los dos cazarrecompensas esperan recuerda a su modo el ritmo de un clásico del western más convencional, Solo ante el peligro. Ponen además de manifiesto que a pesar de los estallidos de violencia, La muerte tenía un precio es sobre todo un ejercicio de intriga, con claves de suspense y dedicado a plantearle preguntas al espectador para que ansíe la llegada de las respuestas. Y eso desde el principio, cuando nos preguntamos ¿quién dispara y por qué? Y luego más preguntas: ¿Quién es el Coronel Mortimer realmente? ¿Qué le une al Indio? ¿Quién es la muchacha que vemos en el flashback y qué relación tiene con toda la historia? ¿Por qué obsesiona a ambos hombres? ¿Serán leales el Coronel y el Manco a su alianza? ¿Se traicionarán entre sí? ¿Conseguirán robar el banco los pistoleros del Indio? ¿Conseguirá infiltrarse el Manco? ¿Será descubierto?...

En toda esa trama hay uno de esos momentos anecdóticos imprescindibles para todo buen aficionado al western: el enfrentamiento entre el Coronel y el matón de la banda del Indio interpretado por Klaus Kinski. De repente es como si Van Cleef se mirara en un espejo. Kinski está interpretando en esta ocasión ese papel de pistolero secundario pero con escena que el propio Van Cleef interpretara en otros tantos westerns norteamericanos, incluyendo el clásico de John Ford El hombre que mató a Liberty Valance, con Lee Marvin como equivalente a lo que es en La muerte tenía un precio el Indio encarnado por Gian María Volonté.

Pero he hablado de tres momentos simbólicos, y ahí va el tercero y último, y el que mejor explica también por qué el mecanismo esencial de Leone para contar son los primeros planos y los rostros de sus personajes.

El Manco y el Coronel esperan el enfrentamiento final con los hombres del Indio y Leone nos muestra la firmeza de la alianza que se ha forjado entre ambos a base de una curiosa coreografía visual que alterna los primeros planos del arma de uno con la figura del otro al fondo, seguida por primeros planos del rostro de Eastwood, que mira la calle hacia su derecha, el plano subjetivo que nos hace mirar a través de sus ojos, seguido por el primer plano del Coronel mirando a su izquierda y el plano subjetivo en el que vemos a través de sus ojos.

De ese modo, no sólo convierte a los dos cazarrecompensas en una sola entidad que vigila a derecha e izquierda, sino que además mete a los espectadores de cabeza en la acción, forjando una firme alianza entre el Manco, el Coronel y el público, esencial para que vivamos de manera más intensa el tiroteo que sigue a continuación.

Maneras de auténtico maestro las que se gasta en esta película Sergio Leone.

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