sábado, 9 de abril de 2011

JESSE STONE, MUERTE EN EL PARAÍSO, de Robert Harmon

Acabo de ver Jesse Stone, muerte en el paraíso, dirigida por Robert Harmon en 2006 para la televisión, y que en España se empeñaron en titular Destino Paraíso. Es parte de la serie de películas para la pequeña pantalla en las que Tom Selleck encarna con solvencia el personaje de las novelas de Robert B. Parker que da título también a la película, pero lo que más me ha llamado la atención es que es un producto bastante duro en algunas de sus imágenes para la pequeña pantalla, sobre todo teniendo en cuenta sus imágenes del principio, en las que queda establecido rápidamente el tema central del asunto, el enfrentamiento de contrarios, las bellas imágenes de paisajes y el cadáver corrompido de una niña de catorce años embarazada que ha pasado de dos a tres semanas sumergido en el agua de un bello lago.

Son los contrastes la clave de un relato que sigue escrupulosamente las normas del género policíaco, pero al mismo tiempo construye personajes y situaciones con cierta intención de ser también un best-seller. Es algo habitual en las novelas de Robert B. Parker, cuya prioridad es organizar suspenses que atraigan al público, para lo cual es un maestro creando situaciones y personajes más o menos cercanos, incluso para quienes no somos estadounidenses.

Un ejemplo de esa cercanía, y para mi gusto lo más interesante y lo menos tópico de la película es la curiosa forma en la que la película aborda el alcoholismo incipiente del protagonista en los dos o tres encuentros que tiene con un alcohólico que le sirve como guía y terapeuta e interpreta William Devane, quien le avisa que dejar el alcohol “es trabajo de cabrones”.

Sin alardes melodramáticos (excepto por lo referido a las alucinaciones del investigador sobre lo ocurrido con la niña) y jugando muy bien con la luz (las escenas tienen el color del whisky que consume cada vez con más frecuencia el protagonista), esos encuentros a 165 dólares la hora para abordar el tema del alcoholismo son lo mejor de la película. Y es bueno que sean pocos y breves, porque caso de prolongarlos habrían acabado un protagonismo innecesario además de correr el riesgo de ser repetitivos o caer presas del melodramatismo. Son los riesgos que corrieron con habilidad y buenos resultados en la serie Los Soprano con los encuentros de Tony con la psiquiatra.

Me ha gustado también que tenga las agallas para mantener un final que no hace malabarismos forzando el desenlace feliz, aunque no por ello sea menos optimista e igualmente pesimista, que curiosamente es la característica que mejor define al comisario protagonista, un tipo que afirma: “No me importa vivir solo, me importa sentirme solo”.

Stone es un tipo ya maduro que está en la última estación de su carrera, que fracasó en el deporte por una lesión, que lee biografías de estrellas del deporte que no pudo practicar, que se siente culpable por más cosas de las que debería, y que tontea con el alcohol, en una etapa de paseo por el borde de un abismo cuyo peligro no acaba de reconocer del todo.

No es un tipo perfecto, ni especialmente listo. Da la sensación de que simplemente consigue salir adelante guiándose por el convencimiento de que no puede permitirse el lujo de estropear ese último trabajo…

Selleck, que además oficia como productor y también ha participado en la confección de esta película que en España ha salido solo en DVD, ha sabido buscarse un papel que le cuadra.

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