domingo, 3 de abril de 2011

DJANGO, de Sergio Corbucci


Siguiendo la costumbre, ayer sábado noche me enchufé un programa doble de los de sesión continua que ponían en los cines cuando yo era chaval. No, no es nostalgia, es que ando pillado durante toda la semana y no puedo darme ese gustazo otro día, así que aprovecho la falta de madrugón del domingo para ajustar cuentas con el montón de dvd por ver que tengo acumulados en la Payáncueva.

Y ayer le tocó a Django y El comando del dragón, dos clásicos de los cines de mi pubertad. Aquí y ahora voy a hablar sólo de la primera de ellas, dejando la otra para más tarde o para mañana, dependiendo de cómo me reparta el tiempo de ocio en las próximas horas.

Django es un título imprescindible para mirar el cine del oeste en general y el eurowestern en particular con otros ojos.

Dirigida por Sergio Corbucci en 1966 y protagonizada por Franco Nero como el mítico pistolero que ha luchado con los del Norte en la guerra civil americana y se pasea por la vida sin caballo pero arrastrando un ataúd dentro del cual lleva una ametralladora, Django es una mirada distinta al eurowestern que a ratos me recordó algunos trabajos de Alejandro Jodorowsky, no solo en el cine, con El topo, por poner un ejemplo, sino también en el cómic, con la serie Bouncer, de la que ya he hablado en este blog (el 15 de marzo de 2009, concretamente, y si alguien quiere revisarlo para orientarse sobre el tema de este vínculo, basta con que escriba Bouncer en el buscador).

Cierto es que en ambas domina el amarillo del árido desértico en lugar del embarrado paisaje pardo que se confeccionó para la ocasión como un protagonista más de Django (que dicho sea de paso se rodó en parte en La Pedriza y Colmenar Viejo, Madrid), pero en personajes y situaciones, hay mucho cercano a Jodorowsky en esta película, empezando por el protagonista y el ataúd que arrastra, por los encapuchados de rojo que son una especie de Ku Kux Klan racista del sur previo a la formación de dicha organización, por esas escenas iniciales de masoquismo sobre la protagonista femenina, la italiana Loreadna Nusciak, imprescindible musa de la coproducción europea de los sesenta y sententa (los mejicanos quieren darle de latizagos, los racistas sudistas prefieren quemarla en una cruz), o esa muestra del tradicional sadomasoquismo presente en todo el spaghetti western, con la inevitable paliza brutal al protagonista y el desenlace en el cementerio.

Junto a todos estos elementos, ese protagonista, pistolero con ataúd pero sin caballo, esto es, mutilado ya desde el principio de uno de los iconos esenciales del western, ya que inicia su recorrido épico sin ser un centauro, trayendo un eco lejano de otro personaje en la misma situación, pero con una codificación genérica totalmente distinta, John Wayne saliendo del desierto desmontado con la silla de montar al hombro en Hondo.

Hundido en barro, como la ciudad a la que llega en esta película que tiene mucho en común con Yojimbo, de Akira Kurosawa (no me extraña que en Japón la tengan por un clásico y les resulte particularmente llamativa) y con su traducción al eurowsestern, Por un puñado de dólares, de Leone. Pero además el impacto que tiene su paisaje, con el barro como un protagonista más de la trama entrando en la acción y marcando el colorido del resto de los elementos humanos y el decorado de la película, me ha recordado la importancia de la nieve en otro clásico imprescindible del género, El gran silencio, que Corbucci rodó en 1968.

Ambas dejan claro que, como en el caso de Enzo G. Castellari, estos directores italianos dedicados al cine de explotación en clave de subgénero o variante de géneros mayores, como es el caso del eurowestern, merecen un cuidadoso repaso porque hay características de clara autoría en su cine que resultan particularmente interesantes miradas desde la actualidad.

En esta película además nos encontramos a dos grandes actores españoles, José Bódalo y Eduardo Fajardo, ejerciendo papeles de villanos, además de un secundario esencial, el cantinero interpretado por Ángel Álvarez.

Y hay frases míticas para el recuerdo del aficionado al género, como: “Te advierto que por aquí una palabra es poco y dos son demasiadas”, o “Pagamos muy caro el permiso de seguir viviendo”, o “Me gusta enfrentarme a todos”…

A eso hay que añadir un ambiente de los más logrados de este tipo de películas, malsano, en el que incluso la entrada en la habitación de una de las prostitutas lleva a la protagonista a identificarse con ese amontonamiento caótico de objetos que parecen haber tenido un pasado más útil pero ahora son meros despojos de recuerdos amontonados sin orden ni concierto, como ella misma y el resto de personajes que la rodean. Los sudistas racistas están tan fuera de juego histórico como esos mejicanos renegados del general Hugo que sueñan con volver a Méjico para iniciar una revolución imposible o ese pistolero que busca venganza por una muerte en el pasado pero en realidad es incapaz de sacarse de encima la piel del cementerio, por eso arrastra un ataúd en el que viaja la muerte y tanto al principio como en el desenlace, el cementerio es lugar central de la trama.

Es curioso por ejemplo cómo elige rodar Corbucci la pelea de Django con el mejicano en un bar que es más tasca o taberna que salón del lejano oeste más convencional.

Lo dicho: un clásico imprescindible del género para revisitar varias veces y seguir sacándole matices y resoluciones visuales interesantes a su historia, que por otra parte mucha miga en lo que se refiere a desarrollo de historia y personajes.

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