lunes, 28 de marzo de 2011

LA NOCHE DE LA IGUANA, de John Huston

A veces me pongo a mirar la colección de DVD que tengo amontonada a mi alrededor en la Payáncueva, como si se dispusieran a dar buena cuenta de mis huesos asaltando el cada vez más pequeño reducto en el que mantengo mi última resistencia al vicio pecaminoso del consumismo cinéfilo que me aqueja tecleando estas líneas, y pienso si no sería mejor reducir la colección de películas a un puñado de títulos esenciales que en cualquier caso son los que acabo viendo una y otra vez, casi todos los años. El cine bueno de verdad. El imprescindible. Con el que podrías mantener la cinefilia toda la vida repitiendo el visionado de veinte o treinta títulos, máximo 50, una y otra vez, durante años.

Uno de esos títulos esenciales sería La noche de la iguana. Dirigida por John Huston en 1963 y estrenada en 1964, la película es algo así como una especie de contenedor de talento. Primero el talento de su director, ya al final de la cincuentena cuando dirigió esta joya y por tanto de vuelta de casi todo lo prescindible de la vida, esto es, dando importancia a lo que realmente merece la pena… Resultado: Huston en su mejor momento. Y con el respaldo de su productor, algo al parecer notablemente difícil de conseguir para el común de los mortales.

El resto del talento es el de sus actores: cuatro estrellas, cuatro, incluyendo Richard Burton, Ava Gardner (¡AVA GARDNER!), Deborah Kerr y Sue Lyon, protagonista esta última de una salida del agua en biquini capaz de competir sin dificultad con la de Ursula Andress en la primera entrega de la saga de 007 (aunque un servidor se queda con la Andress, si se me permite la opinión, manías…).

Y junto a todos ellos, Tennesseee Williams poniendo la materia prima de partida para todo el asunto.

El resultado es explosivo, porque lo que vemos es en opinión de quien esto escribe la mejor adaptación de una obra de Tennessee Williams por encima de otras que suelen ser más citadas por motivos ajenos a los resultados estrictamente cinematográficos, como Un tranvía llamado deseo (que lanzó el fenómeno Brando) o La gata sobre el tejado de zinc. No es que esas fueran malas. Muy al contrario: son muy buenas, e igualmente estarían en esa colección de 30 o 50 películas de la que hablaba antes… pero les falta Huston.

Y además les falta ¡AVA GARDNER! La pasada semana falleció Elizabeth Taylor, que por cierto estaba también presente en el rodaje de La noche de la iguana acompañando a Burton, que en aquel momento era su noviete y todavía no su marido, porque ambos dos estaban casados con otros, y el personal se lanzó a cubrirla de elogios, destacando especialmente su belleza. Era guapa, cierto. Quizá la más guapa, junto con Jean Simmons, pero la más atractiva a mi parecer sigue siendo Ava Gardner, la incombustible fuerza de la naturaleza que se ponía delante de una cámara y arrollaba todo lo que tuviera alrededor, Deborah Kerr, Sue Lyon y Richard Burton incluidos.

Escucharla en castellano y con su voz es una de las gozadas de ver esta película. Impresionante.

Pero pueden figurarse que por mucho que la cabra tire al monte, además de Ava Gardner, La noche de la iguana tiene mucho más.

Para empezar una planificación impecable que demuestra que incluso basándose el teatro, el cine sigue siendo cine, y sin incluir grandes alardes visuales, aunque la fotografía en blanco y negro de la película, realizada por Gabriel Figueroa es para estudiarla en las escuelas de cine.

Por otro lado tiene un diálogo con algunas de las más demoledoras y esclarecedoras frases que hemos podido escuchar en una pantalla, y me quedo sólo con dos:

La que pronuncia el reverendo Shannon (Burton) cuando Max (Gardner), a la que llama en ese momento Maxine para reforzar el aviso de que frene su lengua, está a punto de llamar lesbiana a Mrs. Fellowes (excelente también Grayson Hall): “Mrs. Fellowes es una persona con mucha ética. Si alguna vez supiera la verdad sobre sí misma, eso la destruiría”.

Y la que más tarde pronuncia Hannah Jelkes (Kerr) cuando replica a Shannon: “Nada humano me causa repugnancia, señor Shannon, a no ser que sea crudo o violento”.

Y es que Hannah (ojo, que aquí alguien podría encontrar un SPOILER, aunque quienes ya hayan visto la película pueden seguir leyendo, porque o lo han pillado ya o les va a venir bien para entender mejor de qué va realmente la película) es en realidad un ángel, el ángel más inquietante y vulnerable que ha mostrado el cine, por lo que tiene de espejo en el que se revelan las debilidades humanas de quienes las rodean, esto es, de la especie a la que pertenecemos.

Más tarde el ángel Jelkes nos explica algo igualmente esencial: “La aceptación de la vida es el primer requisito para vivir”.

Huston encontró en Burton el mejor alter-ego de su carrera después de Bogart, y del mismo modo que con aquél, compuso una asociación de director-actor que es difícil ver en pantalla y me recordó la de Peckimpah con actores como William Holden, Steve McQueen o James Coburn.

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