domingo, 27 de marzo de 2011

EL VISTO BUENO DE LOS BACHILLERES

Hoy he acabado de leer el Elogio de la locura de Erasmo de Rotterdam y no he podido evitar que el párrafo que sigue me haya recordado lo que pasa algunas veces cuando hablamos de las películas, lo que pecan, o mejor dicho pecamos algunos críticos, algunos opinantes espontáneos, algunos tertulianos de fin de semana, y no pocos “anónimos” de internet, cuando comentamos las películas que se van estrenando.

Yo al menos intentaré leerme este párrafo de vez en cuando para intentar esquivar la estulticia y recordarme que, como decía el Eclesiastés en su capítulo 1 (no se preocupen, no voy a caer en la estulta trampa de recitar latines cuando no viene a cuento y además, para ser sincero, se me olvidó casi todo de lo poco que pude aprender del rosa rosae cuando estudiaba segundo de bachiller): “El número de los estultos es infinito”.

Yo añadiría que es alarmantemente fácil incrementarlo, así que seré recatado y me limitaré a dejar que sea el propio Erasmo el que suelte la perla:

“Porque mientras pierden el tiempo en las tertulias en semejantes idioteces, están convencidos de que ellos son las columnas de la Iglesia, cuya construcción, a no ser por ellos, se vendría abajo, así como de que sus silogismos son los puntales que sostienen dicho edificio, del mismo modo que los hombros de Atlas sostienen el mundo, según los poetas. Fácilmente podréis entender cuán grande es la satisfacción que experimentan cuando interpretan y modifican a su arbitrio los pasajes más difíciles de la Escritura, para ellos blandos como la cera, cuando pretenden que sus conclusiones, apoyadas con la opinión de algún otro de su misma ralea, sean tenidas por superiores a las leyes de Solón y preferidas a los decretos pontificios, y cuando, como si fueran los censores del mundo, fuerzan a retractarse a cuantos no comulgan incondicionalmente con sus proposiciones explícitas o implícitas o no dicen simplemente amén cuando, cual oráculos, proclaman: “Esa afirmación es escandalosa”, “esa otra es poco reverente”, “aquella huele a herejía”, “aquella otra es malsonante”; hemos llegado a unos límites en los que ni el bautismo, ni el evangelio, ni Pablo, ni Pedro, ni Jerónimo o Agustín, ni siquiera Tomás, el aristotélico por excelencia, bastan para dar doctrina a un cristiano si no cuenta con el visto bueno de los bachilleres. ¡Tanta es la sutilidad de sus juicios!”

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