sábado, 5 de marzo de 2011

EL OJO DEL GRILLO, de James Sallis


Me tropiezo a 5,95 una joya de la novela llamémosle policial, aunque tengo mis dudas de que la dosis de asunto policiaco pese tanto en la misma como los otros elementos literarios que la componen, y aún siendo presentada como novela negra, me suena más a cualquier otra cosa. Sobre todo me recuerda las novelas de Ken Bruen sobre el detective Jack Taylor, de las que ya he hablado en alguna ocasión en este blog y que tienen la peculiar característica de que precisamente lo policíaco no es lo que más interesa en sus historias, más cercanas a un recorrido por el filo de la navaja de las drogas y otras adicciones de la mano de un Charles Bukowski con vagas intenciones detectivescas.

En El ojo del grillo, James Sallis tiene como protagonista a Lew Griffin, de profesión superviviente, aunque también se ocupe de dar clases de literatura en la Universidad, intente escribir una nueva novela, esté metido en una cruzada para encontrar a su hijo y acepte a buscar a los hijos y hermanos de otros mientras se ve metido también de lleno en la identificación de unos ladrones juveniles que tienen aterrorizado al barrio de Nueva Orleans en el que habita.

Pero nada de eso es lo más importante.

Si pudieran adaptar esta novela al cine respetando su desarrollo interno, complejo y brillante, sin estropearla con una adaptación convencional, clásica, domesticada y cicatera al montaje cinematográfico más previsible, sería una joya como ya lo es el libro. De hecho, la novela es todo un reto que bien merecería que le echaran un vistazo quienes estudian cine, especialmente guión y dirección, a modo de ejercicio de adaptación a la pantalla, dándole vueltas a cómo sacarle el alma en imágenes, siendo como es un relato tan “cinematográfico” como literario, que a veces me ha llevado a pensar como adaptador ideal en Jim Jarmush, y en otros fragmentos me ha parecido que estaría igualmente bien servida, si bien desde otro punto de vista, en manos de un Alejandro González Iñárritu, porque no podía evitar pensar en películas como Amores perros, 21 gramos o Babel mientras que leía algunos fragmentos.

Ellos serían los mejores “adaptadores” de una fábula urbanita como ésta, en la que se habla de temas como el amor y la pérdida con una gran altura literaria y al mismo tiempo con un dinamismo y una poesía directa que sale directamente de las tripas de lo cotidiano.

Más que una novela policíaca de serie negra diría que es una historia de intriga con hechuras de clásico literario. No importa tanto cómo encontrar las respuestas de lo que se investiga, ni siquiera las propias respuestas, sino más bien cómo hacer las preguntas más adecuadas durante esa investigación en la que, como siempre ocurre en las grandes novelas del género, lo realmente interesante es lo que el protagonista descubre sobre sí mismo, y lo que los lectores descubrimos sobre nosotros mismos, durante ese camino por el laberinto de pistas.

Repleta de frases, reflexiones y detalles magistrales, El ojo del grillo contiene algunos momentos que son pura magia literaria, como aquél en el que en algo menos de página y media, y con el pretexto de contarnos de dónde ha salido el gato que vive en la casa del protagonista, el autor nos descubre la desgarradora historia de cómo acabó su pareja con Claire. Esa sencillez es el mejor traductor de la enorme sensación de soledad que resultó de ese final, el vacío precipitándose a devorarnos en un gigantesco abismo con la eficacia demoledora de las tragedias cotidianas, de las desgracias privadas que no dejan de ocurrir cada día, todos los días, en algún sitio.

Sallis añade a su novela un conjunto de pinceladas de la vida cotidiana que nos desarman desde el principio. No son un envoltorio del misterio. Son lo que realmente importa. Detalles como por ejemplo, en la página 104 de la edición española: “Afuera los niños se gritaban camino de la escuela. Había dormido tres o cuatro horas. Un gris peculiar en el cielo, como visto a través de un cristal de color. No lo sabía entonces, pero una empresa de almacenaje en Magazine se había incendiado y estaba cubriendo de humo el cielo del barrio alto mientras ardían cubículos de cosas innecesarias que sus dueños no querían abandonar: cartas y fotografías antiguas, anuarios de colegio, vestidos de boda, declaraciones de impuestos, muebles inservibles. Al cabo de unos días observé que un buldócer aplastaba y allanaba lo poco que quedaba”.

Y la misma brevedad desasosegante aplicada a hablarnos de su infancia, de la locura en su familia. Apenas una pincelada, que nos deja pensando, imaginando cómo debió de ser aquella etapa de la vida del protagonista.

Y más adelante un diálogo telefónico con otro personaje que termina con un:

- Hasta luego, Lew. Y gracias.

Colgué pensando que si uno no iba con cuidado, la vida podía convertirse en una larga cadena de hasta luegos, uno tras otro, hasta que un día mirabas alrededor y no quedaba nada, ni rastro de todo lo que habías esperado, postergado u obviado.

Y el pasado definido como: “demasiado sustancial, descaradamente físico, como un peñasco o un bloque de cemento que se hace cada vez más denso, más grande, allí, detrás de nosotros, desplazándonos y empujándonos hacia adelante”…

Imposible mejor definición del papel del pasado, tan protagónico en el cine negro clásico, siempre dispuesto a atrapar a los personajes en sus nuevas falsas vidas y llevarlos hacia atrás, a sus vidas reales, hasta enfrentarlos con lo que realmente son… como bien aprendió Robert Mitchum en Retorno al pasado o Burt Lancaster en Forajidos

Y los días señalados de nuestras vidas, las cosas que importan, las nuevas oportunidades… y de repente:

- Mi padre era bebedor.

La historia del padre de Deborah, tremendamente sencilla, aterradoramente simple y verosímil, pero igualmente terrible.

Esto y muchas cosas más en una novela que es oro puro, donde además se reflexiona sobre lo que realmente somos con el pretexto de contar una fábula, y se nos recuerdan verdades esenciales, como que “Vivimos nuestra vida hacia adelante, y tratamos de comprenderla hacia atrás”, o que “La memoria siempre es más poeta que reportera”.

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