martes, 29 de marzo de 2011

EL FUGITIVO, de John Ford

Ayer noche llegué a casa después de comerme clases desde las diez treinta de la mañana y hasta las diez treinta de la noche. Cualquier persona normal y sensata, después de tantas horas hablando de cine, y echando pulsos al personal defendiendo por qué creo que Sucker Punch es buena, digan lo que digan otros críticos y pase lo que pase con las taquillas, se habría dedicado a hacer cualquier otra cosa, pero yo me puse una película.
Rebusqué lo que había pillado en los últimos días en el montón de DVD y me tropecé con El fugitivo, la adaptación de El poder y la gloria que dirigió John Ford en 1947, en Méjico, y con Gabriel Figueroa como director de fotografía, más una colaboración en la propia realización de Emilio Fernández.
En algún sitio había leído que no era de las mejores de Ford. ¡Un disparate!
Casi me pongo de rodillas, humillado ante esta joya.
Mira que habré visto películas de perseguidos y perseguidores, que como pueden figurarse,dado el encabezamiento del blog, están entre mis temas favoritos, pero ninguna me había llegado a producir tanto desasosiego como ésta que volví a ver ayer. La había visto hacía años, siendo más joven, y quizá por eso no aprecié lo que tiene de desasosegante. Es como una pesadilla de las que suelen acompañarnos cuando estamos con fiebre, con catarro, dolor de cabeza o similar, de las que te mantienen en los sueños, pero inquieto, molesto, dando vueltas en la cama.
Una pesadilla en toda regla, con algunos momentos particularmente siniestros. Creo que Henry Fonda clava el papel, y que su vulnerabilidad durante la película es uno de los factores más desasosegantes de la misma.
Tiene un aire sobrenatural todo el largometraje que va más allá de la excelente fotografía de Gabriel Figueroa. Es algo más. Es la sensación de estar viendo la peripecia de todos los perseguidos de ayer y de hoy, por todo tipo de motivos, en todo tipo de lugares, sin inclinación ideológica o religiosa alguna, simplemente centrándose en la propia persecución.
Altamente inquietante, con algunos momentos que me recordaron otras joyas de Ford, como El delator, La patrulla perdida o Prisionero del odio. Me ha hecho redescubrir que tenemos un Ford menos conocido o visitado, pero mucho más interesante. Yo lo llamaría el Ford de pesadilla, casi febril tanto en sus imágenes como en el ritmo de su relato.
Hay momentos tan inquietantes como el de la iglesia, al principio, que es casi reproducción de un fresco de las catacumbas en la antigua Roma de las persecuciones a cristianos, con la luz como princpial protagonista.
Luego hay otros, igualmente febriles, como el de la borrachera o el de la persecución del tipo del machete...
Y luego está el trabajo con la elipsis, aquello que no vemos pero imaginamos, aquello que se nos sugiere por sonidos. Ford demuestra por qué era un maestro en muchos de esos momentos, pero muy especialmente en su tratamiento del desenlace de la historia del protagonista, subiendo por esas empinadas escaleras.
Alguien podría pensar que a Ford se le ha ido la pinza y ha cargado las tintas en el tema piadoso o religioso, pero no es así. Al contrario. No hay dramatismo facilón en la propuesta, ni visual ni musical. Por el contrario es una película dura, casi fría, que no hace concesiones al protagonista, sumido casi en una peripecia kafkiana, muy en la línea de otros personajes interpretados por Fonda, como el de You Only Live Once, de Fritz Lang, o Falso culpable, de Alfred Hitchcock. Junto con ambas, El fugitivo forma una trilogía esencial de hombres deseperados en pesadillas febriles.
Ford no hace concesiones a la épica ni deja que el espectador derive en momento alguno hacia la emoción del relato de aventuras. Tampoco juega demasiado con la intriga o el suspense. Le interesa tenernos muy pegados a este fugitivo que al final se revela en sus propias debilidades, en el sanatorio mental, hablando con el médico, y hace que comprendamos aún mejor que además de ser perseguido por los otros él se persigue a sí mismo.
Lo dicho, un inquietante relato que merece la pena ver otra vez, repetirlo, porque es como entrar en una pesadilla de fiebre sin estar enfermo.
Ford también sabía trabajar con emociones menos sencillas que las suscitadas por la épica o el drama más evidentes.

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