miércoles, 16 de febrero de 2011

INVASIÓN EN BIRMANIA, de Samuel Fuller

Un gigante. Un maestro. Samuel Fuller. Un tío con un puro en la boca y un talento acojonante para contar la guerra, con seguridad, porque la había vivido de primera mano, sin filtros ni paños calientes.
Ayer estaba preparando lo que voy a contar de él en la próxima clase del curso sobre Grandes Directores que estoy dando en la Biblioteca Regional Joaquín Leguina de la Comunidad de Madrid, y decidí meterme en ambiente volviendo a ver Invasión en Birmania, que es como Objetivo Birmania, pero unas cuarenta veces mejor (y sin Errol Flynn, un tipo que me caía bastante gordo, las cosas como son).
Y me tropecé con la misma joya que recordaba de otras veces. En Technicolor. Y al grano, sin andarse con rodeos. Con algunos momentos memorables y toda una galería de personajes y situaciones que explican por qué el cine bélico no puede ser pacifista, sino en todo caso antibelicista, y también por qué cuando el bélico se hace mecánicamente es un coñazo que no hay quien se lo trague, pero si se rueda bien y con sentido de la ética y el ridículo puede ser una pieza esencial del cine de acción que no te convierte en un mlitarista vicioso, en contra de lo que parecen sostener algunos próceres de la tertulia previsible y facilona, hablando como si tuvieran la magdalena en la boca y la yogurtera al hombro y con las ideas en plan carne picada por otros para servirnos las albóndigas...
Ilustrando su particular visión épica del asunto real que retrata, Fuller no se deja engañar ni nos engaña: la guerra es una putada muy sangrienta y cabrona, siempre acaba mal, ganes o pierdas, y las más de las veces o te deja muerto, o lisiado o convertido en un asesino para todo lo que le queda a tu puñetera vida.
Dicho lo cual, esta visión de las peripecias de los Merodeadores de Merril (Merril es Jeff Chandler, que se lesionó en una pierna durante el rodaje y tiempo después acabó muriendo como consecuencia de la operación a la que hubo de someterse para reparar el asunto, así que el hombre dejó el pellejo en el intento), nos mete de lleno en el frente, tanto cuando la acción y los tiros arrecian como cuando los soldados simplemente se dedican a existir, charlar, quejarse, o incluso llorar (una de las escenas más impresionantes es la que protagoniza Claude Akins cuando una anciana de una aldea le ofrece comida...).
Junto con ese momento de lágrimas que posiblemente sea el mejor en tesitura similar que recuerda el cine bélico, sin moñadas, perfectamente realista y comprensible, nos encontramos otros momentos destacados, como el plano en el que el jefe contempla desde la cabaña como el teniente se come el marrón de decirle a sus hombres que la guerra no ha terminado para ellos y les toca seguir combatiendo, la escena con los paracaídas y las provisiones, que viene seguida de un ataque a la estación filmado con un protagonismo del decorado para pintar la locura frenética del combate y la lotería que es salir vivo de una ensalada de tiros de esa magnitud. Ambas son una especie de réquiem sin moñadas ni babas que culminará en los momentos finales con un ataque nocturno y el combate final contra los japoneses.
Una de las mejores películas de Fuller, en algunos momentos incluso superior a Uno rojo división de choque, aunque no tenga dentro a Lee Marvin. Y sin duda, en lo referido a sus momentos de acción, escuela de muchas de las películas posteriores.
Ojito a cómo encuadra Fuller. Cómo sitúa la cámara y cómo la mueve cuando toca, y no por darse un paseo ocioso por el plano.
Difícil encontrar dentro una secuencia que te de soñera o te deje ausente de lo que está ocurriendo en la pantalla, con una dirección enérgica, de pulso firme para mover ejércitos de ficción que repiten las peripecias de los ejércitos de la realidad.
Me llama especialmente la atención la manera en la que filma las escenas de ataque: rápidas, con un pulso nervioso que refleja perfectamente el caos de esas situaciones frenéticas, sin regodearse en ella, cosa que, por ejemplo, si hacía el pacifista Spielberg en Salvar al soldado Ryan... paradójicamente.
No, si aquí todos queremos la magdalena y la yogurtera para salir en la foto, pero luego en el fondo nos va la marcha...

1 comentario:

Kill James Cameron dijo...

No citas a cualquier mierdecilla no. La verdad es que al Fuller esta le quedo de puta madre, continuando bastante de las neuras que rodo en "Casco de Acero" y con algunas de las que seguiria en "Uno Rojo Division de Choque".

Y como diria el, "la guerra es una putada muy sangrienta y cabrona..." y que ademas... da hambre