miércoles, 19 de enero de 2011

PASO AL NOROESTE (NORTHWEST PASSAGE), de KING VIDOR



Paso al Noroeste, dirigida por King Vidor en 1940 (fue la primera película en color que rodó este maestro indiscutible del cine clásico, hoy sorprendentemente olvidado o mejor dicho desconocido por muchos estudiantes de cine, de ahí que haya decidido hacer este post) es una de las tres películas básicas en las que el cine estadounidense se metió en el huerto nada fácil de atravesar de explicar la presencia inglesa en el lugar, que por aquel entonces era todavía una colonia. Las otras dos películas clásicas sobre este asunto son Los inconquistables, dirigida por Cecil B. De Mille en 1947, y Corazones indomables, que puso en pantalla John Ford en 1939. A ellas habría que añadir la serie Daniel Boone, que ahora en España está programando casi a todas horas el canal 8 Madrid y también está editada en dvd, pero durante mucho tiempo fue una joyita buscada por quienes crecimos viéndola en la tele, cuando la caja tonta todavía era en blanco y negro por estos lares.
Entre toda esa producción, que navega más cerca del cine de aventuras que del western propiamente dicho (para que se hagan una idea los más jóvenes, piensen en el equivalente moderno de estas películas, la versión de El último mohicano dirigida por Michael Mann), la mejor sería sin duda la película de King Vidor que aquí comento, más una aventura de supervivencia que una historia del oeste.
En esa frontera doble –la del género y la de la historia de los Estados Unidos- construye Vidor un clásico que demuestra cómo incluso trabajando en el seno de la disciplina impuesta por los grandes estudios de Hollywood en su edad dorada se podía alcanzar la excelencia y dar a la pantalla una obra maestra en el marco del cine de género, con un excelente desarrollo de personajes, nada esquemático, más complejo de lo que el ejercicio de folclore y tópicos pudiera dejar pensar en principio, servido por un reparto de actores protagonistas que estaban en su mejor momento y además contaban con el liderato siempre ejemplar de uno de los gigantes del cine norteamericano: Spencer Tracy.
Entre otras cosas, Vidor no se corta a la hora de abordar los aspectos más siniestros de la aventura: los ataques perpetrados por los franceses aliados con los indios en la parte de la colonia británica llevan a organizar una expedición cuya principal motivación es la venganza, si bien que el asunto se reviste visualmente con las mejores galas del cine épico, mientras el diálogo deja claro que a lo que van Tracy y sus rangers es a cobrarse en sangre. Y lo hacen en una batalla, la de Saint Francis, con la que culmina la segunda mitad del segundo acto, abriendo paso a la odisea de supervivencia que ocupa todo el tercer acto hasta el desenlace. El ataque contra esa posición es todo un ejemplo clásico de filmación del cine de acción que junto con las secuencias dedicadas a mostrar la cadena humana para cruzar el río están entre lo mejor del cine de acción que se filmó en aquella etapa. Sin maquillar la brutalidad de los rangers atacando la posición, tratando incluso el canibalismo, Vidor culmina ese momento con un plano general al fondo del cual arde el pueblo atacado. Además no hay que olvidar que Vidor trabaja ejemplarmente el movimiento de todo un pequeño ejército.
Lo dicho, un clásico del cine de aventuras, con algunos momentos más propios del cine bélico que del western, y con una épica que al contrario de la manejada por Cecil B. De Mille se construye sobre todo sobre paisajes naturales y sobre los propios personajes.
Prueba de su calidad es que hoy sigue siendo plenamente actual.

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