lunes, 24 de enero de 2011

EL VALLE DE GWANGI, EL DINOSAURIO PITUFO DEL MAESTRO RAY HARRYHAUSEN... Y NO ES DEL PLANETA PANDORA


Ayer noche, para quitarme el mal rollo del ocaso del domingo, me metí entre pecho y espalda una película de clásica de eso que he dado en llamar Cine de Mazmorra: El valle de Gwangi, que también podría titularse El Tyranosaurio pitufo de Ray Harryhausen, o Cowboys y dinosaurios, si alguien prefiere recordar el esperado próximo trabajo del director de Iron Man, Cowboys y aliens.
Tenía varias cosas curiosas para llamarme la atención, y lo cierto es que es una pequeña joyita del cine de aventuras para toda la familia. Para empezar es un curioso homenaje al western que además del autoplagio que se hizo Jerome Moross a la hora de componer la banda sonora, que tanto suena a una de sus obras maestras, la música de Horizontes de grandeza, está convenientemente cruzado con el homenaje al circo, o mejor dicho, a los circenses espectáculos de Buffalo Bill recreando el salvaje oeste, que fueron un antecedente del cine a la hora de difundir internacionalmente una imagen de los Estados Unidos épica y mitificada hasta el extremo.
Harryhausen mezcló ambas cosas con un guiño a las adaptaciones de la novela de Arthur Conan Doyle El mundo perdido, cambiando al profesor Challenger de aquella por el profesor Bromley de ésta, una versión menos mítica y moralmente más ambigua del personaje creado por el padre de Sherlock Holmes. Y con ese referente, como no podía ser menos, acabó replicando también de paso la fórmula argumental de su adorado King Kong de los años treinta, la película que le guió por el camino de la creación de monstruos para el cine.
El diseño artístico corrió por cuenta de Gil Parrondo, uno de los profesionales más internacionales de la historia del cine español, que reprodujo entornos mejicanos para esta película rodada en Almería y Cuenca, que por aquellos tiempos estaban de moda, con el Desierto de Tabernas a tope de gente del cine arropado en la fama que iba cobrando la península como plató para las producciones internacionales en los años sesenta y a lomo de las producciones de Samuel Bronston y el western mediterráneo capitaneado por Sergio Leone. Ahora que lo pienso, Harryhausen podría haber dado otra vuelta de tuerca haciendo un spaghettiwestern con dinosaurios, y seguro que le habría salido un auténtico título de culto capaz de crear escuela. En lugar de eso prefirió homenajear a los clásicos del género y mezclaros con su natural inclinación por la fantasía y la ciencia ficción.

La película tiene sus cosillas chungas, claro. Por ejemplo el tamaño cambiante del Tyranosaurio, que en uno planos mide poco más que un caballo, en otros mide lo mismo que un elefante circense al que le da una paliza y en la parte final parece haber crecido hasta un tamaño más próximo a King Kong, aunque no lo suficiente para que le resulte imposible entrar en una catedral que es, con diferencia, el mejor decorado y la mejor ocurrencia de toda la película, camino de un final apoteósico entre ciriales, altares y confesionarios que ya por sí mismo vale por todo el resto de la película. Sobran, eso sí, las lagrimitas finales del nene, porque el bicharraco éste no es un gorila, simio, con el que nos resulta más fácil identificarnos y empatizar, sino un lagarto terrible al que resulta francamente difícil cobrarle cariño, y que además, al contrario que King Kong, no liga con la chica de la película (antes de tirarle los tejos le pegaría un mordisco y le arrancaría la cabeza, sospecho).
Lo mismo vale para las caderas del dino, que tal como están en algunos momentos simplemente se le romperían en cuanto se pusiera de pie. Y tampoco es demasiado creíble eso de que cuatro vaqueros con lazos puedan tumbar a un Tyranosaurio Rex, pero todo ello son licencias permisibles porque la película es entretenida, no está nada mal, y además ya sabíamos cuando nos pusimos a verla que no era precisamente una de Ingmar Bergman ni un documental científico del Discovery Channel sobre los dinosaurios.
Lo del azul pitufo de la piel de los bichos tampoco molesta tanto, aunque me pasé la mitad de la película acordándome de los paisanos del planeta Pandora, porque como es sabido a estas alturas del baile seguimos sin saber de qué color era el pellejo de las criaturillas. Igual son primos todos de los pitufos del planeta Pandora.
Queda eso sí el diseño de cabeza y cuerpo del Tyrano, que despierta nostalgia por cuanto recuerda como se imaginaban y dibujaban los dinosaurios en los años sesenta…
Como digo una muy entretenida película de aventuras que tiene sus mejores momentos, como suele ocurrir en este tipo de largometrajes, al final, en el circo, en las escenas en que vemos al Tyranosaurio Rex bajo la tela roja y en unos planos de víctimas aterrorizadas huyendo por uno de los túneles de la plaza de toros perseguidos por el lagarto terrible que da título a la película.
Uno de los mejores títulos producidos por el maestro Ray Harryhausen, auténtico artista de los efectos visuales.
Y a 4,95 en los grandes almacenes del Tajo Británico.
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