domingo, 2 de enero de 2011

CEMENTERIO YAKUZA, de TAKASHI MIIKE


Dirigida en 2002 por Takashi Miike, Cementerio Yakuza es el remake de una película clásica del cine de mafia japonesa que dirigió el maestro del género Kinji Fukasaku en 1975 (segundo cartel), pero siempre me recuerda más El teniente corrupto de Abel Ferrara, cambiando policía por mafiosos japoneses, y con todas las distancia que impone el cambio de cultura en el seno de la cual se originan las dos películas. El propio Miike habla brevemente de la capacidad para creer en algo y de las diferencias entre oriente y occidente en la breve entrevista que acompaña la edición en DVD que hizo Cameo en España, y que a la luz de esa comparación entre ambas películas, la “católica” de Ferrara, y la oriental de Miike, me parece curiosa, sobre todo por la escena en la que el personaje protagonista de Cementerio Yakuza atenta contra el padrino de su familia mafiosa y al hacerlo queda espantado de su propio atrevimiento, como si, en clave ya occidental, hubiera perpetrado un deicidio, matando a una “divinidad”, o su equivalente, en el entorno social en el que se mueve. Es asunto curioso y para darle más vueltas, pero ahí lo dejo por si alguien quiere masticarlo un poco más.

La película es buena muestra de que Takashi Miike es mucho más que un apóstol de la violencia y la exageración sangrienta, que esconde un talento brutal para poner la cámara en el sitio justo, para meternos bajo el pellejo de los propios personajes y despellejarnos con ellos en el proceso de encontrar una verdad que es expuesta siempre desde lo visual antes de que desde lo verdad y con una simplicidad que desarma, si bien su construcción es mucho más compleja de lo que pudiera parecer a la luz de la sencillez con la que esa verdad queda expuesta en pantalla, que a veces, en los desvaríos del personaje central de esta historia en ese apartamento donde vive su exilio y su caída en el abismo de las drogas, ha llegado a recordarme también algunos momentos de Leaving Las Vegas, de Mike Figgis, cuando el mejor Nicolas Cage que ha mostrado nunca el cine vive entre botellas intentando suicidarse, o quizá sólo perderse, colarse por alguna grieta de la realidad para escapar de este mundo en el que no encaja y donde se siente extranjero.

Esa idea de exilio, de alienación de la sociedad, es lo que une a los personajes de las tres películas citadas y de paso los relaciona de algún modo con el Travis encarnado por Robert De Niro en Taxi Driver… El vínculo no es ocioso y tampoco casual si consideramos que en la carrera del guionista de esa película dirigida por Martin Scorsese -el siempre torturado y cuanto más torturado, mejor-, Paul Schrader, encontramos dos intentos por explicar de algún modo el mundo japonés a los occidentales, Yakuza (como guionista) y Mishima (también en la dirección).

Y ya que estamos en el guión, me llama la atención la forma en la que Cementerio Yakuza consigue ir convirtiéndose a medida que avanza en una trama que podría ser perfectamente una historia de samuráis, a ritmo de jazz, con una banda sonora que también la acerca a la forma de expresarse de El teniente corrupto, Leaving Las Vegas y Taxi Driver. Sabido es que desde el principio, las bandas de yakuza se han considerado herederas de los clanes guerreros de samuráis. De hecho, ahí está la ceremonia del té en la película de Miike para dejar claro ese punto y aportar a la película ese aire de relato feudal en torno a las tradiciones que quedará luego reforzado por la alusión verbal al fenómeno de mutación del protagonista en un demonio que encaja perfectamente en el concepto mítico de este tipo de personaje caótico instalado en las fábulas tradicionales de Japón. Aunque no es menos cierto que al operar así, Miike no está sino siguiendo escrupulosamente la propia tradición del género yakuza, en la que el citado Kinji Fukasaku es una especie de equivalente de lo que es John Ford para el western en el cine americano (¿debo dejarme arrastrar por la tentación de concluir que en tal caso Takashi Miike sería el equivalente de Sam Peckimpah…?).

Siguiendo con el guión, plantea otro asunto curioso. Su estructura en tres tramas: la principal (1), que tiene como tema el “deicidio” que lleva al protagonista a ser repudiado por su clan; la secundaria (2): que incorpora a la anterior una historia romántica de autodestrucción de la pareja, introduciendo de paso algunos momentos clave en la representación de la mujer que pierde su propia identidad en un mundo dominado por los hombres, pero que finalmente decide inmolarse ella misma en esa relación de pareja que la lleva a ser consumida en cada encuentro, hasta el punto de que sin su hombre vive en una especie de vacío, como muestra ese plano en el que la vemos de espaldas en la ventana, mirando a un mundo al que definitivamente ha dejado de pertenecer; finalmente la tercera trama (3), que habla de la historia de amistad entre el protagonista y el jefe de otro clan mafioso, construida durante su estancia en prisión…

Esa estructura le permite a Miike construir su historia con un protagonismo que es más coral de lo que pudiera parecer. El protagonista no es tanto el exiliado que acaba convirtiéndose en una especie de demonio que trae el caos al organizado y ritual mundo de los yakuza. Él es simplemente el motor de la trama y al mismo tiempo una herramienta para que Miike pueda contarnos también las historias de los personajes que le rodean, otros yakuza, sus mujeres, etcétera… Todos ellos, incluso el policía, tienen su momento particular de protagonismo en la trama, que se construye así como una especie de puzzle con piezas que son como pequeños mordiscos de realidad fabulada unidos por ese cemento de furia primordial que es la historia del perro rabioso, del que el diálogo nos explica su cualidad casi mítica como demoníaco agente del caos (expresada también visualmente en el momento en que dispara contra el techo, o cuando se enfrenta a tiros con la policía desde la terraza del apartamento): “Pese a que su alma se había ido hacia tiempo, su cuerpo sencillamente se negaba a admitirlo…”

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