martes, 16 de noviembre de 2010

INCIDENTE EN OX-BOW, de William Wellman


El otro día conseguí recuperar finalmente Incidente en Ox-Bow, dirigida por William A. Wellman en 1943, que según recordaba y he confirmado es uno de los tres o cuatro mejores ejemplos del cruce del western de los 40 y 50 con el cine negro, acompañada por títulos como Camino de la horca, Cielo amarillo y alguna otra del mismo pelaje. Ambientada en Nevada en 1885 es además junto con Furia, de Fritz Lang, uno de los alegatos más demoledores contra los grupos de linchamiento, y por extensión, contra la pena de muerte. Y por si todo eso fuera poco, podría decirse que anticipa el clima político convulso que iba a desatarse en Estados Unidos años más tarde con la caza de brujas del Comité de Actividades Antiamericanas, tiene esa cualidad premonitoria de algunas películas que consiguen anticipar los más intensos momentos históricos que se avecinan en su época.

Ya desde el principio la música nos anticipa la clave de cine negro, lo mismo que las escenas en el salón y los diálogos sobre el cuadro imponen un ritmo de presentación de personajes que es propio también de ese tipo de películas:

- ¿A qué espera ese del cuadro?

- Es un tipo de paciencia. Está detrás de la cortina desde que lo pintaron.

O bien:

- ¿Qué va a tomar? ¿Whisky?

- ¿Qué tienes?

- Whisky

Es un buen ejemplo de la capacidad de los diálogos del cine clásico para contar la historia y presentar los personajes en sus características esenciales con la máxima rapidez y eficacia, y también de la manera más económica.

Por otra parte esos cinco primeros minutos explican mejor lo que es realmente el género western y cómo se vivía en los pueblos del salvaje oeste que muchos libros de historia, haciendo hincapié en una característica de los mismos potencialmente letal definida en la frase de diálogo:

- ¡Vete hombre! No todos los días se ve un linchamiento en un pueblo tan aburrido como éste.

El planteamiento estético tiene los tintes de la pesadilla, por ejemplo con esa partida de persecución a caballo cubierta por una polvareda que luego se convierte en niebla, en un momento en que la música pone de manifiesto la hibridación de los géneros imponiendo un tono que da entrada a ecos de terror en el relato. Es una de las muchas muestras de la inteligencia con la que los artífices de la película (es en estas obras maestras donde queda aún más claro que el cine es un trabajo en equipo) para dejar clara y fijada en la mente del espectador la batería de temas del relato a través de la imagen. El plano del árbol y la partida de linchamiento que lo circunda es uno de los momentos clave de la historia del western.

Cuando escuchamos la propuesta: “Haré un trato con usted. Díganos quien mató a Kincaid y los otros podrán irse”, incluso nosotros, los espectadores, somos cómplices en el linchamiento y estamos incluso dispuestos a admitir que se cuelgue al que parece más sospechoso: el mejicano que era jugador, y claramente es el que tiene la apariencia más peligrosa de los tres.

El plano de todos comiendo al pie del árbol con las sogas colgando es casi una traducción de los horrores de las pinturas del Bosco o de las pinturas negras de Goya.

Es puro costumbrismo atroz, la consagración de lo atroz como asunto cotidiano.

Finalmente llega un discurso al que siempre le encuentro un tono de aplicación directa a la realidad actual y que seguramente le vendría bien escuchar a más de un político, legislador, juez, abogado y policía de nuestros días, pero no menos esencial para esos espontáneos grupos de linchamiento moral que van proliferando entre nosotros, haciendo oposiciones para convertir las palabras en hechos a poco que nos descuidemos: “Un hombre no puede tomarse la justicia por sus manos sin herir gravemente la conciencia de la humanidad, porque entonces no es que infrinja una ley, sino todas las leyes, y la ley es algo más que palabras en un libro o jueces, o abogados, o sheriffs encargados de que se cumpla. Es todo aquello que los hombres han determinado acerca de la justicia, y del bien y del mal. Es la propia conciencia de la humanidad. No puede existir lo que llamamos civilización si los hombres no tienen conciencia, porque si no es a través de ella, ¿De qué forma pueden acercarse a Dios? ¿Y qué es la conciencia individual sino el alma de todos los hombres que han existido en el mundo?”

Una astuta maniobra para poner la justicia civil a la altura de la religión y sanear así la imagen de la ley, al menos para quienes creen en Dios. Muy americano, pero sin duda también muy eficaz, y con un poso de razonamiento que como digo podemos repetirnos hoy en día antes de tomar el camino de los amigos del linchamiento.

En una sociedad como la nuestra, tan adicta a levantar y tumbar ídolos en menos que canta un gallo le viene bien pensarse esas cosas antes de empezar a cavar fosas. Consejo para profes de Educación para la Ciudadanía: cambien una clase por la proyección de esta película. Ganarán tiempo y más efecto en su juvenil audiencial.